Madrid 17/11/2008
Era una tarde calurosa de esas que pegas la espalda a la pared para sentir el fresco de la cal.
Dormían la siesta, no sé, yo en aquella saleta tumbada sobre un colchón, con ligero tufillo a bolas de alcanfor, donde el silencio sepulcral y la tenua luz que entraba por una rendija dibujaban unas figurillas que entre penumbras, iban dando forma a seres extraños.
Aspirando suavemente el aire apreciaba como el calor se evapora y las pupilas dilatándose se adaptaban al contraste de colores nostálgicos, cándidos y castaños
En el centro a los pies de la cama resaltaba la madera vieja de una ventana, las líneas rectas de los rayos iluminando las vigas del techo parecían contestar con su sonido al movimiento de las partículas.
Los visillos trasparentes cortos, con forma de volante, daban paso al dócil viento. Enfrente, un palanganero, su espejo reflejaba un centelleo que conducía hasta el suelo de cemento pulido.
Dos cuadros con láminas de rostros clericales parecen descolgarse y musitar historias de la alcoba. Una pequeña alacena desprende un ligero aroma a licor de guindas. Hay un arca al fondo, siento estremecimientos, como si al abrirlo encontrase el alma de un antepasado
La habitación jugaba a ser prisma de colores estivales.
Te quedas fijamente observando el baile de luz y sonido, los ojos confunden las horas y la mente empieza a viajar…
Hay un camino largísimo por el que voy andando, estrecho parece una vereda. A un lado veo soldados, uno me grita ¡fuera, fuera de aquí¡… corre, otros, yacen muertos… tengo que bajar, están
Mis hijos en la cueva al final de un pasillo…ando rápido, no puedo mover los pies, siento que se pegan y se hunden en el barro. Quiero rodar por la cuesta, bajar , llevo en mi mano el secreto mejor guardado… voy a caer en el lado contrario, el mar ruge, el color es de un verde lóbrego, …No veo ningún acantilado, resbalo, y vuelo sobre el mar….a lo lejos un hombre con un rostro pálido no deja de mirar a las vías del tren, parece estar esperando, solo, sentado en el primer banco de piedra de una fila de seis, su cabeza cubierta con una gorra de visera dónde el humo de su cigarrillo se vuelve denso, su mano izquierda una garrota le hace de sustento, lleva zapatillas marrones de paño a cuadros, un pantalón gris con la raya bien hecha, y una camisa clara, su mirada fija en el tren que llega…
Vuelo tan rápido que no controlo ninguno de los movimientos, quiero bajar, es un error, se han equivocado de mensaje, de repente estoy dentro de la cueva, hay una luz brillante y veo a mis hijos, ahora no son ellos son amigos del instituto en una fiesta, sé que están allí. No entiende mis palabras, desconocen el idioma en el que hablo…
Planeo, distingo al tren que pasa de largo, veo como el hombre llora amargamente
…me desperté con el sonido lejano de las campanas, el corazón me latía, el sudor apareció de repente, abrí los ojos…
De la cocinilla me envanecía un olor a café de puchero. Se habían levantado de la siesta.
Mª del Rosario Sanchez -Ortega Rodriguez y Carrasco
Era una tarde calurosa de esas que pegas la espalda a la pared para sentir el fresco de la cal.
Dormían la siesta, no sé, yo en aquella saleta tumbada sobre un colchón, con ligero tufillo a bolas de alcanfor, donde el silencio sepulcral y la tenua luz que entraba por una rendija dibujaban unas figurillas que entre penumbras, iban dando forma a seres extraños.
Aspirando suavemente el aire apreciaba como el calor se evapora y las pupilas dilatándose se adaptaban al contraste de colores nostálgicos, cándidos y castaños
En el centro a los pies de la cama resaltaba la madera vieja de una ventana, las líneas rectas de los rayos iluminando las vigas del techo parecían contestar con su sonido al movimiento de las partículas.
Los visillos trasparentes cortos, con forma de volante, daban paso al dócil viento. Enfrente, un palanganero, su espejo reflejaba un centelleo que conducía hasta el suelo de cemento pulido.
Dos cuadros con láminas de rostros clericales parecen descolgarse y musitar historias de la alcoba. Una pequeña alacena desprende un ligero aroma a licor de guindas. Hay un arca al fondo, siento estremecimientos, como si al abrirlo encontrase el alma de un antepasado
La habitación jugaba a ser prisma de colores estivales.
Te quedas fijamente observando el baile de luz y sonido, los ojos confunden las horas y la mente empieza a viajar…
Hay un camino largísimo por el que voy andando, estrecho parece una vereda. A un lado veo soldados, uno me grita ¡fuera, fuera de aquí¡… corre, otros, yacen muertos… tengo que bajar, están
Mis hijos en la cueva al final de un pasillo…ando rápido, no puedo mover los pies, siento que se pegan y se hunden en el barro. Quiero rodar por la cuesta, bajar , llevo en mi mano el secreto mejor guardado… voy a caer en el lado contrario, el mar ruge, el color es de un verde lóbrego, …No veo ningún acantilado, resbalo, y vuelo sobre el mar….a lo lejos un hombre con un rostro pálido no deja de mirar a las vías del tren, parece estar esperando, solo, sentado en el primer banco de piedra de una fila de seis, su cabeza cubierta con una gorra de visera dónde el humo de su cigarrillo se vuelve denso, su mano izquierda una garrota le hace de sustento, lleva zapatillas marrones de paño a cuadros, un pantalón gris con la raya bien hecha, y una camisa clara, su mirada fija en el tren que llega…
Vuelo tan rápido que no controlo ninguno de los movimientos, quiero bajar, es un error, se han equivocado de mensaje, de repente estoy dentro de la cueva, hay una luz brillante y veo a mis hijos, ahora no son ellos son amigos del instituto en una fiesta, sé que están allí. No entiende mis palabras, desconocen el idioma en el que hablo…
Planeo, distingo al tren que pasa de largo, veo como el hombre llora amargamente
…me desperté con el sonido lejano de las campanas, el corazón me latía, el sudor apareció de repente, abrí los ojos…
De la cocinilla me envanecía un olor a café de puchero. Se habían levantado de la siesta.
Mª del Rosario Sanchez -Ortega Rodriguez y Carrasco
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